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Covenant #3: Deity, de Jennifer Armentrout. CAPÍTULO 2 en español.

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CAPÍTULO 2
Capítulo 1

Con mi corazón acelerado, anduve de a dos en dos.  Vi a Leon cerca de la oficina de mi tío y me eché una carrera. Él pareció levemente alarmado cuando me vio.

“¿Qué pasa, Alexandria?”

Patiné hasta detenerme. “¿Aiden te dio esto?”

Leon frunció el ceño. “Sí”.

“¿Lo leíste?”

“No. No era para mí.”

Apreté la carta contra mi pecho. “¿Sabes a dónde está Aiden?”

“Sí”. El ceño de Leon se volvió severo. “Volvió anoche”.

“¿Dónde está ahora mismo, Leon? Necesito saber. “

“No veo por qué habría una razón por la que necesitaras tanto a Aiden como para interrumpir su entrenamiento.” Envolvió sus gruesos brazos alrededor de su pecho. “¿Y no deberías estar en clase?”

Lo miré fijamente un momento antes de girarme y echar a correr de nuevo. Leon no era estúpido, así que no me había dicho accidentalmente donde estaba Aiden, pero no me importaba lo suficiente para buscar la razón.

Si Aiden estaba entrenando sabía dónde encontrarlo. Una brisa fría y húmeda roció mis mejillas mientras atravesaba las puertas del lobby y me dirigía a la arena de entrenamiento. El cielo de un gris lechoso era típico de finales de noviembre, hacía que el verano pareciera tan lejano.

Las clases de los estudiantes de niveles inferiores estaban siendo impartidas en las salas de entrenamiento más grandes. Los ladridos impacientes del instructor Romvi detrás de una de las puertas cerradas acompañaban mis pisadas por el corredor. Hacia el final del edificio, pasando la habitación médica donde Aiden me había traído después de que Kain me hubiera pateado el trasero en entrenamiento, había una sala más pequeña equipada con las necesidades básicas y una cámara de privación sensorial.

Aun me faltaba entrenar en esa cosa.

Mirando por la ranura de la puerta, vi a Aiden. Estaba en la mitad de la estera, enfrentándose a un saco de boxeo. Una fina partícula de sudor revestía sus músculos fibrosos mientras se balanceaba, golpeando el saco varios metros hacia atrás.

En cualquier otro momento lo hubiera admirado algo obsesivamente, pero mis dedos se contrajeron, apretando la carta. Me deslicé por el hueco y crucé la sala.

“Aiden.”

Se giró rápidamente, sus ojos pasando de un gris claro a una sombra atronadora. Dio un paso atrás, pasando su antebrazo por su frente. “Alex, ¿qué… qué estás haciendo aquí? ¿No deberías estar en clase?”


Alcé la carta. “¿Leíste lo que hay en esta carta?”

Puso la misma cara que Leon. “No. Laadan me pidió que me asegurara de que te llegara”.
¿Por qué le había confiado a Aiden tremendas noticias? Ni siquiera podía empezar a entenderlo a menos… “¿Sabías lo que había en esta carta?”

“No. Ella solo me pidió que te la diera.” Él se agachó, tomando una toalla de la estera. “¿Qué tanto hay en la carta que te tiene persiguiéndome?”

Una pregunta estúpida totalmente insignificante llegó a la superficie. “¿Por qué se la diste a Leon?”

Evitó mi mirada, quedándose quieto. “Pensé que era lo mejor.”

Mi mirada se deslizó de su cara a su cuello. Ahí estaba esa delgada cadena de plata otra vez. Moría por saber qué era lo que usaba, ya que no era el tipo de chico que usa joyas. Arrastré mis ojos de vuelta a su rostro. “Mi padre está vivo”.

Aiden ladeó la cabeza hacia mí. “¿Qué?”

Un sentimiento amargo se instaló en mi estómago. “Está vivo, Aiden. Y ha estado en el Covenant de NY por años. Estaba ahí cuando yo estuve ahí.” Las emociones que sentí cuando leí la carta por primera vez se arremolinaron de nuevo. “¡Lo vi, Aiden! Sé que lo vi. El sirviente con ojos cafés. Y él lo sabía… sabía que yo era su hija. Por eso debe ser que siempre me miraba raro. Era probablemente por lo que me sentía tan atraída a él siempre que lo veía. Yo sólo no lo sabía.”

Aiden parecía pálido bajo su bronceado natural. “¿Puedo?”

Le entregué la nota y luego lleve mis manos temblorosas a mi cabello. “Sabes, había algo diferente en él. Él nunca parecía drogado como los otros sirvientes. Y cuando Seth y yo nos estábamos yendo, lo vi peleando contra los daimons.” Hice una pausa, tomando un gran respiro. “Yo sólo no lo supe, Aiden.”

Sus cejas se fruncieron mientras leía la carta. “Dioses”, murmuró.

Dándole la espalda, abracé mis codos. El sentimiento enfermizo que había estado conteniendo fluía en mi estómago. La ira bullía en la sangre en mis venas. “Es un sirviente, un maldito sirviente.”

“¿Sabes lo que eso significa, Alex?”

Lo encaré, sorprendida de encontrarlo tan cerca. Capté al unísono la esencia de su afeitado y a sal de mar. “Sí, ¡que tengo que hacer algo! Tengo que sacarlo de ahí. No lo conozco, pero es mi padre. ¡Tengo que hacer algo!”

Aiden puso ojos como platos. “No.”

“¿No qué?”

Dobló la letra con una mano y agarró mi brazo con la otra. Me apoyé en mis pies. “¿Qué estás hac…?”

“No aquí”, me ordenó silenciosamente.

Confundida y poco asombrada por el hecho de que Aiden estaba de hecho tocándome, lo dejé guiarme a la oficina médica a través del pasillo. Cerró la puerta tras de él, poniendo el seguro. Un calor incómodo recorrió mi sistema cuando me di cuenta de que Aiden y yo estábamos solos en una habitación sin ventanas, y él acababa de echar el seguro. Necesitaba controlarme porque esta era totalmente no el momento de mis ridículas hormonas. Okay, realmente no había ningún momento para ellas.

Aiden me miró. Su mandíbula se flexionó.

“¿Qué estás pensando?”

“Uh…” di un paso atrás. No había manera de que admitiera eso. Entonces me di cuenta de que estaba molesto –furioso conmigo. “¿Ahora qué hice?”

Puso la carta en la mesa una vez que me hube sentado. “No harás nada estúpido”.

Mis ojos se entrecerraron mientras le arrebataba la carta. “¿Esperas que no haga nada? ¿Y sólo dejar que mi padre se pudra en servitud?”

“Necesitas calmarte.”

“¿Calmarme? Ese sirviente en NY es mi padre. ¡El padre que dijeron que estaba muerto!” De repente, recordé a Laadan en la biblioteca y cómo había hablado de mi padre como si él estuviera aún vivo. La ira me consumía. ¿Por qué no me lo había dicho? Pude haber hablado con él.  “¿Cómo puedo calmarme?”

“Yo… no puedo imaginar por lo que estás pasando o lo que estás pensando.” Frunció el ceño. “Bueno, sí que puedo imaginar lo que estás pensando. Quieres asaltar las Catskills y liberarlo. Sé que es lo que estás pensando”.

Por supuesto que lo era.

Empezó a acercase, sus ojos volviéndose plata brillante. “No”.

Retrocedí, aferrando la carta de Laadan. “Tengo que hacer algo”.

“Sé que crees que debes hacerlo pero Alex, no puedes volver a las Catskills.”

“No las asaltaría”. Rodeé la mesa mientras él se acercaba. “Pensaré en algo. Quizás me meta en problemas. Telly dijo que todo lo que necesitaba era cometer un error más y me enviarían a las Catskills.”

Aiden me miró fijamente.

La mesa ahora estaba entre nosotros.

“Si pudiera volver ahí, podría hablar con él. Tengo que hacerlo”.

“Absolutamente no”, gruñó Aiden.

Mis músculos se tensionaron. “No puedes detenerme”.

“¿Quieres apostar?”. Empezó a rodear la mesa.

No realmente. La ferocidad de su expresión me decía que haría cualquier cosa para detenerme, lo que significaba que tenía que convencerlo. “Es mi padre, Aiden. ¿Qué harías tú si él fuera Deacon?”

Golpe bajo, lo sé.

“No te atrevas a traerlo a él en esto, Alex. No permitiré que consigas que te maten. No me interesa por quién sea. No lo haré.”

Lágrimas quemaban en mi garganta. “No puedo dejarlo en esa clase de vida. No puedo”.
El dolor brilló en su mirada acerada.  “Lo sé, pero él no vale tu vida”.

Mis brazos cayeron a mis costados y dejé de intentar manipularlo. “¿Cómo puedes tomar esa decisión?” Y las lágrimas que estaba luchando por contener se liberaron. “¿Cómo puedo no hacer nada?”

Aiden no dijo nada mientras ponía sus manos en la parte superior de mis brazos y me guiaba a él. En vez de ponerme directamente en su abrazo, se apoyó en la pared y se deslizó por ella, llevándome con él. Estaba acunada en sus brazos. Mis piernas se curvaron contra él, una de mis manos aferrada a su camiseta.

La bocanada de aire que tomé fue superficial, llena de una clase de dolor que no podía dejar ir. “Estoy harta de que la gente me mienta. Todo el mundo me mintió acerca de mi mama y ¿ahora esto? Creí que estaba muerto. Y dioses, desearía que lo estuviera, porque la muerte es mejor que la vida que tiene que vivir.” Mi voz se quebró y más lágrimas se deslizaron sobre mis mejillas.

Los brazos de Aiden me aferraron más fuerte, y su mano trazó un círculo relajante sobre mi espalda. Quería dejar de llorar porque esto era de debiluchos y humillante pero no podía parar. Descubrir el verdadero destino de padre era horrendo. Cuando la mayor parte de las lágrimas cesaron, me alejé un poco y levanté mi mirada llorosa.

Ondas sedosas húmedas de cabello oscuro caían sobre su frente y su sien. La luz sombría de la sala alcanzaba a resaltar esos pómulos y labios que había memorizado hacía tanto tiempo. Aiden raramente sonreía de verdad, pero cuando lo hacía me quitaba la respiración. Había habido unas pocas ocasiones en que había disfrutado esa sonrisa nada frecuente; la última vez había sido en el zoológico.

Verlo de nuevo, realmente verlo, la primera vez después de que lo había arriesgado todo para protegerme me hacía querer volver a llorar. Durante la última semana había reproducido una y otra vez lo que había pasado. ¿Pude haber hecho algo diferente? ¿Haber desarmado al guardia en vez de clavar mi daga en su pecho? ¿Y por qué Aiden había usado la compulsión para proteger lo que yo había hecho? ¿Por qué arriesgaría tanto?

Y nada de eso parecía importante ahora, no después de saber lo de mi padre. Me sequé los ojos con las palmas. “Lamento haber… llorado sobre ti.”

“Nunca de disculpes por eso”, dijo. Esperaba que me soltara en ese momento, pero sus brazos aún estaban alrededor mío. Sabía que no debía, porque traería un montón de dolor más tarde, pero me relajé contra él. “Tienes una reacción reflejo a todo”.

“¿Qué?”

Bajó un brazo y tocó mi rodilla. “Es la reacción inicial. El pensamiento inmediato cuando oyes algo. Actúas sobre eso en vez de pensar las cosas.”

Enterré mi mejilla en su pecho. “No es un cumplido.”

Su mano se movió a la parte de atrás de mi cuello, dedos enlazándose en el desorden de cabello en mi nuca. Preguntándome si él era consciente de lo que estaba haciendo, aguanté mi respiración. Su mano se apretó, sosteniéndome para que no pudiera liberarme. No es como si lo hubiera hecho, sin importar cuán mal, cuán estúpido o peligroso era.

“No es un insulto”, dijo suavemente. “Es sólo quién eres. No te detienes a pensar en el peligro, sólo en lo que está bien. Pero a veces eso no… está bien.”

Reflexioné sobre eso. “¿Usar la compulsión en Dawn y el otro puro fue un acto reflejo?”

Se tomó lo que pareció una eternidad para responder. “Lo fue, y no fue lo más inteligente, pero no podía hacer nada más.”

“¿Por qué?”

Aiden no respondió.

No lo presioné. Encontraba confort en sus brazos, en la forma como su mano trazaba un círculo relajante en mi espalda, más que en ninguna otra parte. No quería arruinarlo. En sus brazos, yo estaba más tranquila –extrañamente. Podía respirar. Me sentí segura, resguardada. Nadie más me ofrecía eso. Él era mi propia prescripción de Ritalin[1].

“Convertirte en un centinela fue un acto reflejo”, susurré.

El pecho de Aiden subió y bajó bajo mi mejilla. “Sí, lo fue.”

“¿Lo… lo lamentas?”

“Jamás.”

Desearía tener esa clase de resolución. “No sé qué hacer, Aiden.”

Su barbilla bajó, rozando mi mejilla. Su piel era suave, cálida, conmovedora y calmante todo a la vez. “Pensaremos en una manera de ponernos en contacto con él. ¿Dijiste que no parecía como estuviera bajo los efectos del elixir? Podríamos enviarle una carta a Laadan, ella podría dársela. Ésa sería la forma más rápida.”

Mi corazón hizo una danza feliz de lo más tonta. La esperanza se estaba extendiendo fuera de control dentro de mí. “¿Nosotros?”

“Sí. Puedo hacerle llegar fácilmente una carta a Laadan, un mensaje. Es la forma más segura por ahora.”

Quería estrujarlo pero me controlé. “No. Si te atrapan… no puedo permitir que suceda”.

Aiden se rió suavemente.

“Alex, probablemente ya rompimos todas las reglas que hay. No me preocupa que me pillen enviando un mensaje.”

No, no las habíamos roto todas.

Él se alejó un poco y pude sentir su mirada en mi rostro. “¿Creíste que no te ayudaría en algo tan importante como esto?”

Mantuve mis ojos cerrados, porque mirarlo era mi debilidad. Él era mi debilidad. “Las cosas son… diferentes”.

“Sé que las cosas han cambiado, Alex, pero siempre estaré aquí para ti. Siempre te ayudaré.” Hizo una pausa. “¿Cómo puedes dudarlo?”

Como una tonta, abrí mis ojos. Me absorbieron ahí mismo. Era como si todo lo que había sido dicho, todo lo que sabía no importara más. “No lo dudo”, susurré.

Sus labios se curvaron en un lado. “A veces sólo no puedo entenderte.”

“No me entiendo a mí misma la mitad del tiempo”. Bajé mis ojos. “Ya has hecho… demasiado. ¿Lo que hiciste en las Catskills?”, tragué el nudo en mi garganta. “Dioses, nunca te lo agradecí”.

“No…”

“No me digas que no vale que te lo agradezca”. Mi mirada fue a la suya, atrapándola. “Salvaste mi vida, Aiden, a costa de la tuya. Así que gracias.”

Él desvió la mirada, sus ojos se fijaron en un punto más arriba de mi cabeza. “Te dije que nunca dejaría que nada te pasara”. Su mirada volvió a mí y la diversión brilló en esas piscinas plateadas. “Parece que es más como un trabajo de tiempo completo, sin embargo.”

Mis labios se curvaron. “Realmente lo he intentado, sabes. Hoy fue el primer día que hice algo remotamente estúpido.” No mencioné la parte en la que había estado recluida en mi habitación con una gripa de mil demonios.

“¿Qué hiciste?”

“Realmente no quieres saberlo”.

Se rió de nuevo. “Me imaginé que Seth estaría manteniéndote fuera de problemas”.
Dándome cuenta de que no había pensado en Seth desde el momento en el que leí la carta, me puse rígida. No había pensado siquiera en el lazo. Maldita sea.

Aiden tomó aire y dejó caer sus brazos. “¿Sabes lo que esto significa, Alex?”

 Luché por reponerme. Había cosas importantes con las que lidiar. Mi padre, el Concejo, Telly, las furias, una docena o así de dioses enfadados y Seth, pero mi cerebro se sentía como lodo. “¿Qué?”

Aiden miró hacia la puerta como si tuviera miedo de decirlo en voz alta. “Tu padre no era un mortal. Es un mestizo”.

[1] También llamado Metilfenidato es un medicamento que trata la hiperactividad.

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