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Gremio de Cazadores 00: Angel’s Pawn, Nalini Singh. CAPÍTULO 1 en español.

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CAPÍTULO 1
“Qué sorpresa, cher[1]”, dijo Janvier en su acento perezoso, con una mano apoyada en la perilla de su apartamento en Luisiana. “Hasta donde sé, ya no tengo ningún ojo vigilante sobre mí.”

“No soy una asesina” cruzando los brazos, Ashwini se apoyó en la pared opuesta a la puerta –adormilado y medio vestido, Janvier era deliciosamente sexy-. Era también un vampiro de doscientos cuarenta y cinco años capaz de arrancarle la garganta con un mínimo esfuerzo. “A pesar de que eso puede ser útil contigo”.
Una lenta sonrisa se apoderó de esa cara un poco demasiado larga, demasiado melancólica para ser verdadera belleza. Y sin embargo… Janvier era el hombre que toda mujer voltearía a mirar en un bar. A la vista, su atractivo era una mezcla de musgo pantanoso, toda la luz solar y sombras reflejadas sobre el verde.

“Me hieres. Pensé que éramos amigos ¿non?”

Non” ella levantó una ceja “¿vas a dejarme entrar?”.

Janvier se encogió de hombros, y los músculos de su pecho ondularon con una fuerza que la mayoría de la gente no se imaginaría por la forma en la que se movía, pura gracia líquida y encanto. Pero Ashwini sabía exactamente qué tan rápido y duro era –lo había cazado tres veces en los últimos dos años y él la había llevado en una danza alegre las tres veces-.

“Eso depende” dijo él, haciendo un examen pausado de su cuerpo “¿has venido aquí para golpearme otra vez?”

“Ojos arriba”

Vio risa en sus ojos malvados mientras sus miradas se encontraban.

“No eres nada divertida, encanto.”

Sólo con Janvier ella tenía su lado práctico. Todo el mundo pensaba que estaba muy encima de la línea de la locura.

“Esta fue una mala idea” Volviendo sobre sus talones, sacudió una mano hacia él. “¡Nos vemos la próxima vez que enfades a un ángel!” En el curso normal de las cosas, el gremio existía para recuperar a aquellos vampiros que incumplieron sus contratos -de servir a los ángeles por un centenar de años a cambio de la inmortalidad- pero Janvier era un caso aparte.  “Trata de no hacerlo esta semana. Estoy ocupada”

La mano de Janvier se cerró sobre la parte posterior de su cuello, un toque de calidez extrañamente suave.

“No seas así. Entra. Te haré café de la manera en la que debe hacerse”.

Ella debió haberse alejado, debió haber ido tan lejos como fuera humanamente posible, pero Janvier tenía una manera de meterse bajo su piel. Ashwini vaciló una fracción de segundo demasiado larga, y el calor de él se infiltró en ella, un algo brillante que desafió el hielo de su inmortalidad. “Sin tocar”. Fue una orden tanto para sí misma como para él.

Un apretón de dedos. “Tú eres la que siempre está tratando de poner sus manos sobre mí.”

“Y uno de estos días, no bailarás lo suficientemente rápido para escapar”. Javier tenía la molesta costumbre de enojar a los ángeles lo suficiente como para terminar en la lista de búsqueda del Gremio de Cazadores. Pero esa no era la peor parte –justo cuando Ashwini casi lo tenía, cuando ella podía oler el collar en su cuello, él de alguna manera se arreglaría con quien quiera que fuese que había ofendido. La última vez, ella casi había roto el principio himon.

Una brocha de risa, su pulgar barriendo a lo largo de su piel en una caricia lánguida. “Deberías darme las gracias”, dijo Janvier. “Gracias a mí, tienes garantizado un sano sueldo al menos dos veces al año.”

“Tengo garantizado ese sueldo porque soy buena”, dijo ella, torciendo su agarre para poder encararlo. “¿Estás listo para hablar?”

Él quitó su brazo. “Entra en mi guarida, cazadora del gremio.”

Ashwini no solía permitir vampiros a su espalda, pero ella y Janvier tenían un acuerdo luego de las tres cacerías. Si alguna vez llegaran a eso, sería cara a cara. Quizás algunos de sus hermanos cazadores la llamarían tonta por confiar en un hombre que había cazado, pero ella siempre se hacía su propia opinión de las personas. No se hacía ilusiones, sabía que Janvier podría ser tan letal como una hoja desenvainada, pero también sabía que él había nacido en un tiempo en el que lo único que un hombre tenía era su palabra. La inmortalidad todavía no le había arrebatado el sentido del honor.

Ashwini se alejó un poco de él, consciente de que Janvier había deliberadamente girado su cuerpo para asegurar un ajuste perfecto. No le importó tanto como debería.

Ése era el problema, porque los vampiros están fuera de los límites. El gremio no tenía una regla prohibiendo esas relaciones y parte de los cazadores tenían amantes vampiros, pero Ashwini estaba de acuerdo con su compañera Elena en esto. La otra cazadora había dicho una vez que los vampiros eran casi inmortales, después de todo, para ellos los humanos  eran nada más que juguetes, placeres fugaces: fáciles de probar, fáciles de olvidar.

Ashwini no iba a ser un bocado para ningún hombre –vampiro, humano o ángel -aunque no es que los ángeles se rebajarían alguna vez para asociarse con un mortal-. Estaría muy sorprendida si los efectivos gobernantes del mundo considerarán a la mayoría de los humanos más que una idea de último momento.

“No era lo que esperaba”, dijo ella mientras entraba al estilizado loft. Había sido dominado por la luz e infundido en la decoración –los colores del atardecer hacían eco en sofá tono tierra, las alfombras Navajo en el piso, las solitarias vistas del desierto en las paredes.

“Amo el Bayou[2]”, murmuró Javier, cerrando la puerta tras él y dirigiéndose a la cocina. “Pero para apreciar la belleza, a veces hay que ir al extremo opuesto”.

Mientras se movía por la cocina con la facilidad de un hombre que sabía exactamente lo que estaba haciendo, Ashwini se permitió admirar su belleza masculina. Javier podía ser un dolor perenne en su culo, pero estaba construido con los sueños más sexies que ella alguna vez había tenido –delgado y largo, con los músculos de un atleta o de un nadador, todas sus líneas elegantes conteniendo poder. Con su más de 1.80m, él le sacaba unos buenos 15cm y llevaba su altura con la confianza de un hombre completamente a gusto consigo mismo. Por otra parte, pensó Ashwini, había tenido más de 200 años para construir esa arrogancia sin esfuerzo.

“Supongo que no te preocupa la luz solar” dijo ella, mirando el tragaluz inclinado hacia la derecha. La cama estaba justo bajo él, y cuando el reloj marcó las ocho de la mañana, los rayos de sol acariciaron posesivamente las sábanas caídas. Su mente le proporcionó de inmediato una imagen exquisitamente detallada del largo cuerpo de Janvier enredado en esas sábanas. El flujo de sangre en sus oídos caso ahogo sus siguientes palabras.

“¿Buscando puntos débiles, cazadora?”. Caminando, le entregó una pequeña taza llena de una mezcla cremosa que olía como ningún café que ella hubiera probado.

“¿Qué es esto?” lo olió sospechosamente y se le hizo la boca agua. “Y por supuesto. Entonces podría empujarte hacia la luz del sol y verte freír”.

Los labios de Janvier se curvaron hacia arriba, el superior un poco más delgado, el inferior eminentemente mordisqueable. “Me extrañarías si me fuera”.

“La vejez te da ideas delirantes”.

“Ése café au lait está hecho con una mezcla de café y achicoria” viendo como ella tomó un sorbo tentativamente, él asintió hacia la cama. “Me encanta la luz del sol. El vampirismo no habría sido menos atractivo si hubiera tenido que pasar mi vida en la oscuridad”.

“Uno pensaría que con todos los vampiros caminando bajo la luz del día, ese viejo rumor moriría, pero no”, dijo ella, sumergiéndose en el distintivo sabor del café “me gusta esta cosa”.

“Te va bien”.

“¿Amargo y extraño?”

“Exótico y delicioso” él corrió un dedo por la piel firme de su brazo. “Qué piel tan hermosa tienes, encanto. Es igual que el desierto al atardecer”.

Ashwini dio un paso fuera de su alcance.

“Ve a ponerte una camiseta y saca tu mente de la cama”.

“Imposible contigo cerca”.

“Imagina que estoy sosteniendo un rifle. De hecho, pretende que te tengo en la mira.”

Janvier suspiró, frotándose la mandíbula ensombrecida por la barba. “Amo cuando hablas sucio”.

“Entonces esto debería sacudir tu mundo” respondió ella, ordenándose a sí misma dejar de pensar cómo se sentiría su barba contra su piel. “Sangre, secuestro, enemistad, rehenes”.

El interés se despertó en el verde musgo. “Cuéntame más” le hizo una señal hacia la cama. “Me disculpo por el desorden, no estaba esperando compañía tan exquisita”.

Caminando para poner el café en el mostrador, ella se sentó en uno de los taburetes de la barra en su lugar. Javier sonrió y optó por sentarse en la cama, sus manos apoyadas detrás de él y sus piernas cruzadas apretadas en los tobillos. La luz del sol bailaba sobre su pelo negro, recogiendo reflejos de cobre puro que armonizaban hermosamente con el oro bruñido de su piel.

Los vampiros tan antiguos como Janvier eran casi uniformemente hermosos, pero ella aún no conocía uno con ese carisma Cajún[3], o con su manera de tener amigos en casi cada ciudad y pueblo a los que había viajado alguna vez. Y por eso lo necesitaba.
“Hay una situación en Atlanta”.

“¿Atlanta?” la más elemental de las pausas. “Ése es el territorio de los Beaumont”.

Bingo.

“¿Qué tan bien los conoces?”

Él le dio ese gesto desenvuelto suyo. “Bastante bien. Son una vieja familia de vampiros, no hay muchas de esas por ahí”.

Seducida por el olor, Ashwini tomó otro sorbo de la marca potente de café de Janvier.
“Tiene sentido. Escuché que los ángeles no discriminan entre líneas familiares cuando se trata de la elección de los candidatos.” De las miles de personas que aplicaban para convertirse en inmortales cada año, sólo una pequeña fracción alcanzaba alguna vez la etapa de candidatos.

“Los Beaumont se resisten a la tendencia” continuó Janvier. “Han conseguido que por lo menos uno de los miembros de la familia fuera convertido en cada generación. Esta vez, fueron dos”.

“Monique y Frédéric. Hermano y hermana.”

Un asentimiento.

“Ése tipo de éxito los hace poderosos, con Monique y Frédéric, los Beaumonts ahora tienen diez vampiros vivos conectados por sangre. El más antiguo tiene medio milenio.”

“Antoine Beaumont”.

“Asesino hijo de puta”, dijo Janvier en un tono casi afectuoso. “Probablemente vendería sus propios hijos río arriba si eso le diera ganancias”.

“¿Un amigo?”

“Le salvé la vida una vez.” Levantando su cara hacia el sol, Janvier se empapó en los rayos como un sibarita en la costa Europea, lejos del abrazo húmedo del verano de Luisiana. “Me envía una botella de su mejor Burdeaux cada año, junto con una proposición de que debería considerar casarme con su hija Jean”. Pronunciado a la manera francesa, el nombre sonaba eléctrico y sensual.

Los dedos de Ashwini se cerraron en la taza de café pintada a mano. “Pobre mujer”.

Él giró su rostro hacia ella, diabluras en sus ojos. “Por el contrario, Jean es muy entusiasta en el partido. El invierno pasado, me invitó a mantener caliente una hermosa cabaña en Aspen.”

Ashwini sabía cuándo estaban jugando con ella. También sabía que Janvier era plenamente capaz de inventarse una historia para mantenerla allí, simplemente para su propia diversión.

“Puedo apostar que Jean no está pensando en Aspen ahora. De hecho, es una buena apuesta decir que sólo está pensando en el asesinato.”

“¿La situación?” y ahí estaba de nuevo esa inteligencia de mercurio de nuevo, que la arrastró de nuevo hacia él a pesar de cada argumento en contra.

“Monique es qué, ¿la bisnieta de Jean a la nueve?”

Janvier se tomó un momento para pensar en ello. “Tal vez, pero eso importa poco. Jean adora a los niños. Antoine llama nietos a Monique y a Frédéric”.

“La mujer tiene treinta y seis años” señaló ella. “es apenas una niña, y su hermano tiene treinta”.
“Todo el mundo menor de cien años es un niño para mí”.

“Gracioso”.

“No hablo de ti, cherie”. Su sonrisa se esfumo para exponer un borde más oscuro, uno que había visto pasar los siglos. “Llevas demasiado conocimiento en tus ojos. Si yo no supiera que eres humana creería que has vivido tanto como yo”.

A veces, ella sentía como si fuera así, pero los demonios que se agarraban a su mente noche y día no tenían cabida en esta discusión. Rompiendo la mirada demasiado perceptiva de Janvier, dijo, “Monique ha sido secuestrada”.

“¿Quién se atrevería a alzarse contra los Beaumont?” shock obvio. “No sólo son un poder por derecho propio, sino que el ángel que controla Atlanta los tiene en alta estima.”

“El lo hacía”, dijo ella volviendo sus ojos hacia él, disfrutando del juego de la luz del sol sobre su cuerpo. Era un placer simple con un alcance potente, incluso los demonios no se podían contener ante la tentación sensual que arrasaba sus sentidos. “Pero parece que tu amigo Antoine se las arregló para enfadar a Nazarach[4]”.

Javier se puso en pie con el ceño fruncido. “Pero aun así, tomarla contra Antoine es como desgarrar tu propia garganta”.

“El beso de Fox no lo cree así”.

“¿Un beso?” Sacudiendo la cabeza, se acercó y se paró en frente de ella, una mano apoyada en el mostrador. “¿Estás hablando del verdadero sentido de la palabra: un grupo de vampiros unidos por un propósito común?”

“Sip”.

“No he oído hablar de un beso formal de vampiros desde hace más de un siglo”.

“Un tipo llamado Callan Fox aparentemente decidió revivir la idea”, curiosa y obligada, ella pasó sus dedos por una cicatriz curva en el pecho de Janvier, justo encima de la tetilla izquierda. “Yo no te hice esto”.

“Si sólo lo hubieras hecho”, murmuró él, siguiéndole el juego. “Sería un honor para mí llevar tus marcas”.

“Qué mal que los vampiros se curen tan rápido”. Se encontró a sí misma recorriendo la cicatriz, viendo algo familiar en ella. Pero a diferencia de cualquier otra persona que conocía, no había ninguna pulsación de memoria, ninguna invasión indeseada en su mente que su regalo, su maldición introduciría el pasado de Janvier. En lugar de ver sus secretos, conocer sus pesadillas, todo lo que ella sintió fue su piel un poco imperfecta, caliente y más intriga por él.
“Un cuchillo”, dijo ella. “Fue hecha por un cuchillo”.

“Algo así. Por una espada.” Cerrando los dedos alrededor de su muñeca, se llevó la mano de Ashwini a su boca, presionando besos prolongados a lo largo de los nudillos.

“¿Vas a tomarme del pelo de esta manera para siempre, Ashwini?”.


[1] Término criollo de Luisiana para decir “querida” o “dulzura”, viene del francés cherié.
[2] Cuerpo de agua originado por los meandros del río Misisipi en Luisiana.
[3] Son un grupo étnico que habita en Luisiana. Emigraron desde Canadá y su dialecto proviene del francés.
[4] Ángel que gobierna Atlanta. Es conocido por ser cruel y tener tendencias sádicas.

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