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Gremio de Cazadores 00: Angel’s Pawn, Nalini Singh. CAPÍTULO 2 en español.

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Cerrando los dedos alrededor de su muñeca, se llevó la mano de Ashwini a su boca, presionando besos prolongados a lo largo de los nudillos.
“¿Vas a tomarme del pelo de esta manera para siempre, Ashwini?”.

CAPÍTULO 2

“Sólo unas pocas décadas más”, dijo ella, sintiendo su estómago tenso, sus dedos de los pies doblarse. “Entonces será la hora de que otro cazador de cace.”

Esperaba alguna respuesta socarrona, pero la cara de Janvier se quedó inmóvil, muy, muy inmóvil.

“No hables de tu muerte con tanta facilidad”.

“Desde que no voy a firmar un contrato que me haga dar cien años de mi vida casi-inmortal”, dijo ella, una mano presionada contra él y la otra en su agarre, “la muerte es una certeza”.

“No hay nada seguro”. Él liberó su mano para tocar hebras de su cabello suelto, sus ojos calentando desde el interior. “Pero discutiremos tu humanidad otro día. Estoy intrigado por la idea de este beso Fox”.

Metiendo la mano en su bolsillo trasero, Ashwini sacó la ingeniosa PDA que otro cazador que trabajaba en el Gremio de NY, Ransom, le había dado por navidad.

“Este es Callan Fox”. Ella le mostró una imagen de un rubio alto y musculoso. “Según mis fuentes, este año cumplió dos siglos.”

“Reconozco este rostro”, un ceño fruncido mientras él se sumergía a través de capas de memoria. “Ahora recuerdo. Lo conocí en la corte de Nazarach cuando estaba cumpliendo su contrato. Los otros vampiros de la corte lo juzgaban mal, pensaban eliminarlo.”

“¿Y tú?”

Dedos detrás de su brazo, juguetones y ligeros.

“Yo vi una inteligencia casi brutal mezclada con ambición. No me sorprende que Callan haya logrado reunir un beso a tan joven edad. ¿Los otros vampiros ven a su fundador como líder?”

“Eso parece. Lo curioso es que hay por lo menos una pareja de vampiros de trescientos años en el beso, y uno de ellos podría estar cercano a los cuatrocientos.”

“No todos los vampiros ganan poder con la edad”.

Poniendo un pie en el exterior del taburete de Ashwini, él se movió a través de las fotos de los demás vampiros del beso. “Mírame, todavía soy tan débil como un bebé”.

“¿Eso alguna vez te funciona?”, ella tomó de vuelta su precioso gadget cuando Janvier empezó a entrar en sus álbumes personales.

Una rápida sonrisa. “Te sorprenderías de cuántas mujeres amarían consolarme. ¿Quién es el niño en esa foto?”.

Su corazón se retorció. Ese niño era ahora un hombre, un hombre que se negaba a verla como nada más que el espejismo que alguna vez había sido. “No es asunto tuyo”
.
“Qué dolor.” Los dedos de Janvier se detuvieron por un segundo, antes de que su mano se curvara en la parte superior de su brazo. “¿Cómo puedes respirar, querida?”.

Porque cuando había otra opción, la mente aprendía a compensar… incluso si no podía olvidar.
“¿Quieres saber más de esta operación o no?”

“Un día”, dijo Janvier, deslizándose hasta que su calor la tocó en una agresiva caricia masculina, “conoceré tus secretos”.

Parte de ella quería apoyarse, ser sostenida. Pero esa parte estaba enterrada tan profundamente, que no estaba segura de si alguna vez volvería a ver la luz.

“Entonces te aburrirías”, empujando el pecho que la tentó a saltar directamente a la locura, saltó del taburete. “Nazarach ha contratado al Gremio”.

Eso capturó el interés de Janvier. “Los ángeles por lo general dejan que los vampiros de alto nivel resuelvan sus propios problemas”.

“Tengo una reunión con él mañana”. Ella movió a un lado a pierna que él había apoyado en su taburete, el músculo de su pierna se flexionó con fuerza. “Supongo que entonces sabré sus motivos”.

Todo el encanto restante que quedaba en la expresión de Janvier se esfumó, dejando al descubierto la crueldad casi salvaje de su verdadero yo.

“No irás sola.” Era una orden. Intrigada –Janvier nunca usaba la fuerza cuando podía persuadir tan fácilmente- ella se puso una mano en la cadera.

“Conozco a su reputación”, entrar en una caza a ciegas era implorar por la muerte, especialmente cuando un ángel que inspiraba tanto terror susurrado como Nazarach estaba involucrado. “No soy su tipo”.

“Te equivocas. Nazarach siempre ha coleccionado lo único y lo inalcanzable.” Dando un paso atrás, caminó hasta el armario, la línea elegante de su espalda llena de músculos. “Dame un momento para vestirme y empacar.”

“No necesito un guardaespaldas”.

“Si quieres salir de aquí sola, simplemente te seguiré.” Había acero en esos ojos de musgo y sombras. “Es mucho más fácil llevarme contigo de una vez”.

Ella se encogió de hombros. “Si quieres perder tu tiempo, es tu problema”.

Una pausa mientras la estudiaba, inteligencia gélida elevándose más allá de su mal temperamento. “Pretendías llevarme contigo todo el tiempo” dijo al fin. “Ahora intentas jugar conmigo. ¡Qué vergüenza, Ashwini!”

¿Cómo diablos leía a través de ella de esa manera?

“El Gremio dice que esto es delicado, admitió. “Me imaginé que el hecho de que tú conoces a los jugadores proporcionaría una buena entrée no-combativa en su mundo”.

“Así que vas a usarme”, poniéndose una camiseta blanca, él cubrió ese cuerpo que los dedos de Ashwini querían acariciar. Quería saber con certeza que sólo estaría Janvier bajo sus dedos, no fantasmas, ningún eco, nada más que el bello y exasperante vampiro en sí mismo. “Quizás te pediré una recompensa.”

“La mitad de mis honorarios.” Justicia era justicia, sería mucho más rápido y fácil llegar a Callan Fox con Janvier a su lado.

“No necesito dinero, cher”, sacando una lona, él empezó a empacar con una eficiencia casi militar. “Si hago esto, me deberás un favor.”

“¿No cazarte?” Ashwini sacudió su cabeza una vez. “No puedo prometerte eso. El Gremio tendría mi tarjeta de identificación”.

Janvier hizo caso omiso a sus palabras con esa malvada, malvada sonrisa que parecía guardar sólo para ella. “Non, este favor será únicamente entre Janvier y Ashwini, nadie más. Será personal”. 

Lo más sensato hubiera sido alejarse… pero ella nunca había sido razonable. “Trato hecho”.

Nazarach dirigía Atlanta desde una preciosa casa antigua en una plantación que había sido habituada para habitantes angelicales.

“Muy del sur”, dijo Ashwini mientras la limusina se deslizaba por el camino. “Debo admitir que no es exactamente lo que esperaba”.

Janvier estiró sus largas piernas tanto como pudo. “Estás acostumbrada a la Torre del Arcángel.”

“Difícil no estarlo. Domina Manhattan”. La Torre de Rafael, el lugar desde donde el arcángel gobernaba efectivamente América del Norte, se había convertido en un símbolo de New York tanto como la omnipresente “Big Apple”. “¿Alguna vez la has visto de noche? Es como un cuchillo de luz cortando a través del cielo.” Belleza y crueldad entrelazadas.

“Una o dos veces”, dijo Janvier. “Nunca estado cerca de Rafael, sin embargo. ¿Y tú?”

Ella negó con la cabeza. “Escuché que es un hijo de puta asustador”.

El vampiro que conducía encontró sus ojos a través del espejo retrovisor. “Eso es decir poco”.

Janvier se inclinó hacia delante, su interés zumbando a lo largo de su piel. “¿Has conocido al arcángel?”

“Vino a Atlanta para una reunión con mi Sire hace seis meses”. Aswini vio la piel de gallina del vampiro. “Pensé que conocía cómo se sentía el poder. Estaba equivocado”.

Escuchar eso de un vampiro que no era recién convertido hizo a Aswini malditamente feliz de que sólo estaba lidiando con un ángel de nivel medio.

“Grandes ventanas que se abren en la nada”, dijo ella, inmersa de nuevo en la elegancia atemporal de la casa de la plantación mientras aparecía en su campo de visión.

“Fácil caerse de una”. Janvier puso su brazo alrededor de la parte posterior del asiento. “Los ángeles pueden volar.”

“Janvier”.

Una risa, dedos acariciando todo su pelo mientras que él quitaba su mano. “¿Te gustaría volar?”

Ashwini pensó en sus sueños, esa sensación de caída sin fin, atrapada en un torbellino de pesadilla. “No. Me gusta que mis pies estén fijados firmemente en el suelo”.

“Me sorprendes, cher. Sé lo mucho que te gusta saltar de puentes”.

“Estoy atada a una cuerda elástica en esos momentos”.

“Ah, es mucho más seguro entonces”.

El coche se detuvo antes de que ella pudiera regresar el golpe, y salieron al abrazo exuberante de Atlanta.

“¿Lo harías?”, preguntó Ashwini, mirando el hall desenvuelto y más o menos atractivo a su lado mientras caminaban hacia la puerta principal. “¿Te gustaría volar?”

“Soy un bayou de nacimiento, uno de los primeros luego de que mi pueblo llegó a Luisiana.” Se metió las manos en los bolsillos, su voz conteniendo la música de su hogar. “Es agua lo que hay en mi sangre, no aire.”

“Un cazador de nacimiento odia el agua.” No era un secreto –no para los vampiros tan experimentados como Janvier-.

“Pero tú no eres uno de los sabuesos”, señaló Janvier. “El agua no enmascara la esencia de un vampiro para ti, tú eres una rastreadora. Tú dependes de tus ojos”.

“Los rastreadores también odian el agua”, un gruñido dirigido a él. “Destruye los rastros”.

“Hey”, dijó Janvier todavía con esa voz tranquila y sin prisas. “Yo te llevo a través de los pantanos, encanto. Un montón de tierra húmeda, muchos rastros que un rastreador puede seguir.”

“Había moho creciendo en los dedos de mis pies al final de esa caza”.

“Ahora estoy celoso del moho, mira lo que me has hecho.” Palabras para tomar del pelo, una mirada que la acarició con fuego.

“Si alguna vez vuelves a hacerme cazar en ese tipo de humedad otra vez” amenazó ella, sintiendo una pequeña punzada cuando sus ojos se movieron sobre ella, “te haré comer moho sangriento.”

Janvier todavía se estaba riendo cuando caminaban los últimos pasos para llegar a la puerta abierta por una mujer pequeña y arrugada que era incuestionablemente humana. Incluso si Ashwini no hubiera notado los otros signos que proclamaban su mortalidad, el simple hecho de que los ángeles sólo aceptaban candidatos entre los veinticinco y los cuarenta la delataba. Una vez convertido, un vampiro se congelaba en el tiempo –excepto por supuesto, por el pulido gradual de una belleza que un mortal jamás poseería-. Pero había otro tipo de belleza en el rostro de la mujer, marcado como estaba por una vida vivida al máximo. Una vida vivida todavía de esa forma, pensó Ashwini, mientras miraba esos brillantes azules observar a Janvier con un brillo definitivo de reconocimiento femenino, un brillo que no se debilitó mientras los invitaba a entrar.

“El maestro los está esperando en la sala de estar.”

“¿Nos mostrarás el camino, querida?”

La mujer sonrió con sus hoyuelos. “Por supuesto. Por favor síganme”.

Mientras caminaban detrás de la mujer mayor, Ashwini pinchó a Janvier con el codo. “¿No tienes vergüenza?”.

“Ninguna en absoluto”.

Un instante después, estaban siendo guiados a través de puertas lo suficientemente largas como para dar cabida a las alas de un ángel. La criada susurró luego de dejarlos entrar y mientras los sentidos de cazadora de Ashwini nunca de dejarían pasar por alto la salida de la mujer, eso ocupó sólo una pequeña parte de su mente, porque Nazarach los estaba esperando.

E incluso si no era más que un ángel de nivel medio, ella estaba malditamente agradecida de nunca haber estado –y probablemente nunca estaría- en la presencia de un arcángel. 

El ángel de Atlanta era aproximadamente de la altura de Janvier, con piel oscura brillante y ojos de un color ámbar directo, penetrantes, como si estuvieran iluminados desde el interior. Esa ilusión de luz era poder, por supuesto, el poder de un inmortal. Su increíble fuerza se extendía como una película en sus ojos, en su piel y más magníficamente, en sus alas.

“Te gustan mis alas”, dijo en ángel y su voz profunda tenía un millar de voces que ella trató de no oír, trató de no conocer.

“Sería imposible no hacerlo”, Ashwini sostuvo esas voces fantasmales en la bahía con una voluntad perfeccionada por toda una vida de lucha por su cordura. “Están más allá de la belleza”, con ése ámbar pulido, las alas de Nazarach eran no sólo únicas, sino exquisitamente formadas, cada pluma tan perfecta que su mente tenía problemas aceptando que existieran. Cuando él volara, pensó ella, se vería como una pieza cegadora de sol.

Nazarach le dio una pequeña sonrisa, y quizás había calidez en ella pero no era humana, no tenía nada mortal. “Así como es imposible hacer nada más que apreciarte, Cazadora del Gremio.”

Los pequeños vellos en la parte posterior de su cuello se erizaron en gritos de advertencia. “Estoy aquí para hacer un trabajo y lo haré bien. Si quieres jugar, no soy tu chica”.

Janvier dio un paso adelante antes de que Nazarach pudiera responder lo que seguramente era una réplica impertinente. “Espada de ceniza[1]”, dijo él usando el apodo que era responsable de haber creado, “es buena en lo que hace. No es tan buena con las reglas”.

“Así que”, Nazarach dirigió su atención a Janvier, “¿aún no estás muerto, Cajún?”

“A pesar de los mejores intentos de Ash”.

El ángel se rió, y el poder devastador de su risa se propagó por todo el cuarto y se arrastró en la piel de Ashwini. La edad, muerte, éxtasis y agonía, todo estaba en esa risa, en el pasado de Nazarach. La aplastó, amenazó con cortar su aliento y la dejó atrapada para siempre en el terror infernal que intentaba reclamarla desde la infancia.


[1] Es un juego de palabras. En el texto original, “Ash blade” traduce tanto “La espada de Ash” –diminutivo de Ashwini-, como “La espada de Ceniza”.

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