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The Ivy Chronicles #1: Foreplay, de Sophie Jordan (+18). CAPÍTULO 1 en español.

Posted in +18, Contemporánea, Inglés, New Adult, Romance Contemporáneo, and Traducciones

Toda mi vida supe lo que quería; o más bien lo que no quería.

No quería que las pesadillas que me perseguían se volvieran a hacer realidad. No quería volver al pasado. Vivir en miedo. Dudando constantemente si el piso bajo mis pies se mantendría sólido y firme. Lo he sabido desde que tuve doce años, pero es curioso cómo eso de lo que huyes siempre encuentra una manera de encontrarte. Cuando no estás mirando, está ahí de repente, golpeándote en el hombro, retándote para que te des la vuelta.

A veces no puedes evitarlo. Tienes que detenerte. Tienes que girarte y mirar. Tienes que dejarte caer y esperar lo mejor. Esperar que cuando todo termine salgas en una pieza.

Humo salía de debajo del capo de mi carro en grandes columnas, una niebla gris en la oscuridad de la noche. Le dí un golpe al manubrio mientras murmuraba una blasfemia y aparqué a un lado de la carretera. Una mirada rápida me confirmó que el indicador de temperatura estaba en rojo.

—Mierda, mierda, mierda—. Apagué el motor con un movimiento rápido y enojado, quizás deseando que así detendría milagrosamente que el vehículo se sobrecalentara más.


Agarrando mi teléfono del portavasos, salí del carro hacia la noche de otoño y me alejé bastante de él. No sabía nada de motores pero había visto muchas películas en las que el carro explotaba justo después de empezar a soltar humo. No iba a arriesgarme.

Mire la hora en mi teléfono. Once y treinta y cinco. No era tan tarde. Podría llamar a los Campbells. Me recogerían y me llevarían al dormitorio, pero eso dejaba a mi carro solo en esta carretera. Tendría que lidiar con eso más tarde, pero ya tenía una tonelada de cosas por hacer mañana. Mejor hacerlo ya mismo. 
Miré la silenciosa noche a mi alrededor. Los grillos cantaban suavemente y el viento susurraba por entre las ramas. No había mucho tráfico que digamos. Los Campbell vivían un par de kilómetros afuera de la ciudad. Me gustaba ser su niñera. Era un buen descanso del bullicio de la ciudad. La vieja granja se sentía como un verdadero hogar, habitado y acogedor, muy tradicional con sus viejos pisos de madera y una chimenea de piedra que siempre estaba crepitando en esta época del año. Era como algo sacado de una pintura de Norman Rockwell. La clase de vida que esperaba tener algún día.
El problema era que ahora mismo no me gustaba del todo lo aislada que me sentía en esta carretera rural. Me froté los brazos por encima de mis delgadas mangas largas, deseando haberme puesto la sudadera antes de salir. Apenas era octubre y ya estaba haciendo frío.

Miré mi carro humeante con melancolía. Iba a necesitar una grúa. Suspirando, empecé a buscar en mi teléfono grúas en el área. Las luces de un carro que se acercaba brillaron en la distancia y me congelé, sin saber qué hacer. La loca idea de esconderme se apoderó de mí de repente. Un instinto viejo pero familiar.
Esto parecía sacado de una película de terror. Una chica totalmente sola. Una carretera desolada. Fui la estrella de mi propia película de terror una vez y no planeaba repetirla.

Me quité de la carretera, situándome detrás de mi carro. No me estaba escondiendo exactamente, pero al menos no estaba al descubierto como un blanco obvio. Traté de enfocarme en la pantalla de mi teléfono y parecer casual ahí parada. Como si ignorar el carro y su pasajero pudiera hacer que no me notara a mí o a la columna de humo. Aún sin alzar la cabeza, estaba totalmente concentrada en los neumáticos desacelerando y en el ronroneo del motor mientras el vehículo se detenía.

Por supuesto que se detendría. Suspiré y alcé la cabeza, mirando al potencial asesino en serie. O a mi salvador. Sabía que era mucho más probable que fuera lo último, pero todo el panorama me ponía nerviosa y sólo podía pensar en las peores posibilidades.
Era un Jeep. De los que no tienen techo, sólo una barra antivuelco. Los faros delanteros iluminaban un tramo de asfalto negro.
—¿Estás bien?—. La voz grave pertenecía a un chico. Casi todo su rostro estaba en sombras. La luz del panel de instrumentos arrojaba algo de luz en él; lo suficiente para que pudiera determinar que era joven. No mucho más mayor que yo. Por mucho debía tener veintitantos. 
La mayoría de los asesinos en serie son hombres jóvenes blancos. El dato se me vino a la cabeza, empeorando mi ansiedad.

—Estoy bien, —dije rápidamente, mi voz demasiado alta en la fresca noche. Blandí mi teléfono como si eso explicara todo—. Vienen en camino. 
Esperé conteniendo el aliento, esperando que creyera la mentira y siguiera de largo. 
Se quedó ahí, en las sombras, su mano en la palanca de cambios. Miró hacia adelante y luego detrás suyo. ¿Evaluando qué tan solos estábamos? ¿Qué tan fácil le sería matarme?
Deseé tener una lata pesada de algo. Un cinturón negro de kung fu. Algo. Lo que fuera. Los dedos de mi mano izquierda apretaron mis llaves. Toqué la punta filosa. Podía atacarlo en la cara si fuera necesario. Los ojos. Sí, apuntaría a los ojos.

Se recostó en el asiento del pasajero, lejos del brillo del panel de instrumentos, lo que lo sumergió más en las sombras. —Podría mirar bajo el capo, —ofreció con su voz grave e incorpórea.

Negué con la cabeza. —En serio. Está bien.
Esos ojos que acababa de considerar atacar brillaron desde la distancia. Me era imposible determinar su color en las densas tinieblas pero tenían que ser claros. Azules o verdes. —Sé que estás nerviosa…
—No lo estoy. No estoy nerviosa, —balbuceé rápidamente. Con demasiada rapidez. 

Se recostó en el asiento, el brillo ámbar otra vez iluminando sus facciones. —No me siento bien dejándote aquí afuera sola —su voz me estremeció la piel—. Sé que tienes miedo.

Miré alrededor. La noche era muy oscura. —No es así, —lo negué, pero mi voz fue débil, sin convicción.

—Lo entiendo. Soy un extraño. Sé que te sentirías más cómoda si me fuera pero no me gustaría que mi madre estuviera sola aquí de noche.

Sostuve su mirada por un momento, midiéndolo, tratando de ver su carácter en las líneas sombrías de su rostro. Miré mi carro humeante y de nuevo a él. 

—Vale. Gracias —las gracias siguieron lentamente un segundo después, llenas de duda. Sólo deseé no terminar en el noticiero de la mañana.

Si quería hacerme daño lo haría. O al menos lo intentaría, lo invitara a mirar mi motor o no. Esa fue mi lógica mientras lo vi aparcar su Jeep frente a mi carro. La puerta se abrió. Su larga silueta salió a la noche con una linterna en la mano.
Sus pasos hicieron sonar la grava, el haz de su linterna enfocado en mi vehículo que todavía humeaba. Por el ángulo de su rostro creo que ni siquiera me miró. Fue directo al carro, levantó el capo y desapareció bajo él. 

Con los brazos cruzados con fuerza, di un cauteloso paso adelante, saliendo a la carretera para poder observarlo mientras estudiaba el motor. Se inclinó y tocó varias cosas. Ni idea qué. Mi conocimiento de mecánica igualaba a mis habilidades para hacer origami.

Volví a estudiar sus facciones. Algo brilló. Entrecerré los ojos. Tenía un piercing en su ceja derecha.

De repente, otro haz de luces iluminó la noche. Mi mecánico se enderezó y salió del capo, posicionándose entre la carretera y yo, sus manos en sus caderas. Pude ver su rostro por primera vez sin restricciones en el duro brillo de las luces y contuve el aliento.

La cruel iluminación pudo haber delatado sus imperfecciones pero no. Por lo que podía ver no tenía ningún defecto físico. Estaba bueno. Así de simple. Mandíbula cuadrada. Ojos azules bajo cejas oscuras. El piercing era sutil, sólo un destello plateado en su ceja derecha. Su cabello parecía rubio oscuro, corto. Emerson diría que está como para lamerlo.

El nuevo vehículo se detuvo junto a mi auto y yo dirigí mi atención a él mientras la ventana bajaba. Don lamible se agachó para mirar adentro.

—Oh, hola, señor y señora Graham —deslizó una mano del bolsillo de su pantalón para saludarlos con la mano.
—¿Problemas con el auto? —preguntó un hombre de mediana edad. El asiento trasero estaba iluminado con el brillo de un iPad. Un adolescente estaba sentado ahí, su mirada pegada a la pantalla, oprimiendo botones, aparentemente sin darse cuenta de que el auto se había detenido.
Don lamible asintió y me señaló. —Sólo me detuve para ayudar. Creo que sé cuál es el problema.

La mujer en el asiento del pasajero me sonrió. —No te preocupes, cariño. Estás en buenas manos.
Más tranquila, asentí. —Gracias.

Mientras el carro se alejaba, nos encaramos y me di cuenta de que esto era lo más cerca a él que me había permitido estar. Ahora que algo de mi aprensión se había ido, una arremetida de emociones me bombardeó. De repente me sentí cohibida. Me acomodé un mechón de cabello detrás de la oreja y me balanceé en mis pies.

—Vecinos, —me explicó, señalando la carretera.

—¿Vives por aquí?

—Sí —deslizó una mano en su bolsillo delantero. La acción hizo que su manga se levantara y revelara más del tatuaje que llenaba de su muñeca para arriba. A pesar de no ser una amenaza, definitivamente no era un chico cualquiera.
—Estaba haciendo de niñera. Los Campells. Quizás los conoces.
Se movió hacia mi carro otra vez.. —Viven de camino a mi casa.
Lo seguí. —¿Y crees que puedas arreglarlo? —de pie a su lado, miré al motor como si supiera qué estaba mirando. Mis dedos juguetearon nerviosamente con los extremos de mis mangas—. Porque eso sería genial. Sé que es una carcacha pero la he tenido por mucho tiempo.
Y no podía permitirme un nuevo auto ahora mismo. 
Inclinó su cabeza para mirarme. 

—¿Carcacha? —una esquina de su boca se levantó.

Hice una mueca. Ahí iba de nuevo, mostrando el hecho de que crecí rodeada de gente que nació antes de la invención del televisor.
—Significa un auto viejo. 

—Sé lo que significa. Sólo nunca se lo había escuchado a nadie excepto mi abuela.
—Sí. De ahí lo saqué —de mi abuela y todos los demás en el complejo para jubilados Chesterfield. 
Girándose, se movió hacia su Jeep. Seguí jugando con mis mangas, y lo vi volver con una botella de agua.

—Parece una fuga de la manguera del radiador.

—¿Es grave?

Destapó la botella y echó dentro del motor. 
—Esto lo enfriará. Debería funcionar ahora. Por un rato, al menos. ¿Qué tan lejos vas?

—Unos veinte minutos.

—Probablemente lo logre. No vayas más lejos que eso o se sobrecalentará otra vez. Llévalo a un mecánico mañana por la mañana para que pueda reemplazar la manguera.

Respiré con más tranquilidad.

—No suena tan terrible.
—No debería costar más de doscientos dólares, o algo así. 
Me estremecí. Eso dejaría mi cuenta en ceros. Tendría que trabajar un par de turnos extras en la guardería o que conseguir más turnos de niñera. Por los menos cuando hacía de niñera podía estudiar un poco después de que los niños se fueran a la cama.

Él cerró el capo.

—Muchas gracias —me metí las manos en los bolsillos— me salvaste de tener que llamar una grúa.

—¿Así que nadie viene en camino? —la esquina de su boca se volvió a levantar y supe que le causaba gracia.
—Ajá —me encogí de hombros— puede que me lo haya inventado.

—Está bien. No estabas exactamente en una situación normal. Sé que puedo dar algo de miedo.

Mi mirada escaneó su rostro. ¿Miedo? sabía que probablemente estaba bromeando pero sí tenía… algo. Una vibra peligrosa con sus tatuajes y el piercing. Incluso si estaba bueno. Era como el vampiro oscuro de las películas con el que las chicas se obsesionan. Los que se dividían entre comerse a la chica y besarla. Yo siempre prefería al mortal amable y nunca entendí por qué la heroína no lo prefería. No me iba lo oscuro, peligroso y sexy. No te va nadie. Ahogué el susurro, ignorándolo. Si el chico correcto —el que deseaba— me notara, todo eso cambiaría.

—No diría que das miedo… no exactamente.

Se rió suavemente. 
—Claro que sí.

El silencio se cerció sobre nosotros por un momento. Lo repasé con la mirada. La camisa parecía cómoda y los jeans gastados parecían casuales. Los chicos los usaban todos los días en el campus pero él no parecía casual. No se parecía a ningún chico de los que veía en el campus. Parecía problemático. El tipo de chico por el que las chicas pierden la cabeza. De repente sentí un nudo en el pecho.

—Bueno, gracias otra vez —le di un pequeño saludo y me metí en mi auto. Me miró darle la vuelta a la llave. Gracias a dios no salió humo del capo.
Conduciendo, me negué a echarle un vistazo por el espejo retrovisor. Si Emerson hubiese estado conmigo, seguro no se habría ido sin su número.
Con los ojos en la carretera, me sentí perversamente alegre de que ella no estuviera aquí. 

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